Si alguien se preguntó alguna vez —yo, sí— cómo sería una guerra en el primer mundo en el siglo XXI, ya la tenemos aquí. Una guerra silenciosa, con miles de muertos y muchas más víctimas colaterales, como ocurre en todas las guerras. Aún no hemos terminado de enterrar a los nuestros y los afectados son incalculables. Centenares de miles de personas, con nombres y apellidos, no saben qué será de sus vidas ni durante ni después del brutal parón económico que la pandemia ha provocado ya, cuando aún no ha iniciado la retirada ni sabemos tampoco cuándo lo hará. ¿Crisis? ¿Emergencia? ¿Colapso? ¿Hundimiento? ¿Crack? Repaso mentalmente los sinónimos y pienso que ninguno de estos términos refleja la gravedad del momento que estamos viviendo. ¿Cómo lo recogerán los libros de historia? A mí, solo la grafía de la COVID-19 ya me resulta aterradora, disfrazada de contraseña antihackeo (más de seis caracteres, incluyendo mayúsculas, números y un carácter especial) para que no nos acerquemos ni siquiera para cambiarle el nombre.

Libramos una guerra tramposa, sin bombas, pertrechados bajo el calor del hogar, que en nuestra sociedad del bienestar puede llegar a ser asfixiante cuando sientes que no es por libre elección sino por imposición. Confinados. Sin salir a la calle. Sin salir a trabajar. O de cañas con los amigos. O a visitar a tu madre. O simplemente a pasear al perro 10 metros más allá. Dábamos por hecho que tantas cosas valiosas venían de serie, que aún seguimos pensando que todo es un mal sueño.

Pellízcate. Es real. Tan real como el parte de guerra con el que a diario nos bombardean los medio s—información, sin duda, necesaria para no perder el punto de realidad en medio de este surrealismo— y que consumimos en paralelo a las series de Netflix o HBO con el mando a distancia y desde el sofá (en ese hogar que a ratos se torna asfixiante porque, si mientras leía esto lo ha olvidado, no podemos/debemos salir). Y espera que pongo un tuit. Mientras consulto los últimos memes —o bulos— que me entran por WhatsApp. Enciende la tele, cariño.
Entre clic y clic aparece en mi TL #ReesistenciaTeam. Curioseo. “Equipo de trabajo que ha diseñado los primeros respiradores autónomos Open, basados en el sistema Jackson Rees”, dice su perfil. Su primer tuit es del 16 de marzo: “Buenos días! en un rato empezaremos con la difusión de los dos primeros prototipos funcionales para que se puedan empezar a testear. Necesitamos ‘feedback’ y gente con ganas de colaborar. #JuntosLoConseguiremos”.

Cuentan que se están organizando en un grupo de Telegram. Ingenieros, especialistas en impresión 3D y sanitarios. Me puede la curiosidad. Les busco, encuentro Coronavirus Makers, me uno y descubro que esta comunidad altruista ya suma miles de voluntarios (16.629, mientras escribo esto). En este grupo comparten los prototipos de respiradores y las instrucciones para que, desde cualquier rincón del mundo, todo el que tenga una impresora 3D los pueda fabricar. Me siento inútil, curioseando desde mi móvil sin aportar nada. Tengo la impresora 3D cubierta de polvo desde hace semanas, sin cartuchos. También están fabricando mascarillas, guantes, viseras… Materiales que demandan los sanitarios para evitar contagios. El jarro de agua fría les llegó el 29 de marzo, cuando la Comunidad de Madrid rechazó, según informaba hace unos días El País, todos estos productos sin dar una explicación, tres días después de haberlos aceptado. No les ha paralizado, sino todo lo contrario. Siguen más activos que nunca. Son #reesistencia.

Esta #reesistencia se ha organizado rápida y efectivamente a través de Twitter y Telegram. Y pienso que es el ejemplo más visible y mediático de lo que cada uno de nosotros estamos haciendo en nuestro ámbito. Que todos somos #reesistencia. Qué difícil estará siendo el teletrabajo para quien no está acostumbrado. Qué difícil debe ser para todos esos profesionales y negocios que ni siquiera pueden teletrabajar. Qué difícil el telecariño y los abrazos virtuales. Y, sin embargo, cuánta buena disposición y actitud (que sumada a la aptitud siempre es un caballo ganador) en mitad del confinamiento. Resistencia. “Fuerza que se opone a la acción de otra fuerza”, dice la RAE.

Artículo escrito por: Sonia Aparicio. Directora de estrategia e innovación de PPSLU

Categorías: Prensa

1 comentario

A WordPress Commenter · abril 8, 2020 a las 10:12 am

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